lunes, 9 de diciembre de 2013

Carbajo, el grande



Las chimeneas humosas y los prados escarchados en estos días sin nubes y “noches despejadas en que las estrellas manan frío”, que diría Guzmán Álvarez. El día y la noche juegan a ser uno en un lugar que no alcanzamos, el mismo en que terminan los sueños que flotan hasta desvanecerse, como la bruma con los rayos del amanecer.

Liviano y silencioso, congelándonos como una de estas heladas, se va Eduardo Carbajo. Caballero de la sonrisa presta, amigo leal, lacianiego de pro y grande. Calificativo este no debido a lo físico, que lo era y desde lejano tiempo. Tan lejano como aquella vez que el Doctor Mayán, preparando una obra de teatro en la Academia Carrasconte, le señaló como protagonista de ‘El alcalde de Retortijo de Abajo’ y, con la retranca propia del buen gallego que era, le espetó: “Usted, Carbajo, que tiene pinta de bruto…”

Pero ni era bruto, ni era esa su principal grandeza. En unos tiempos en que el mundo se desmorona con este desenfreno de mediocridad y vanidades, se hace extraño despedir a alguien con tan buenos sentimientos y gestos de afecto que desbordan, como las lágrimas se desparraman por los párpados abultados de pena. Carbajo, que era –como decimos los de pueblo– sencillamente un paisano, transitó por el camino alegrando y ayudando a cuantos encontró a lo largo de la vida y sumó a la suya.

Y dentro de esa vida, su aportación a la cultura del Valle de Laciana en los últimos años debe ser valorada y conocida. Calladamente, en la sombra y sin alardes, su tarea eficaz en todas las realizaciones del Club Xeitu ahí queda. Una labor que rara vez le llevó al primer plano, porque no lo buscaba y porque era suficientemente sabio para comprender que mejor trabajo discreto que sobreexposición de vacío.

Los primeros soles de primavera derretirán los neveros y olvidaremos, sin olvidar, este frío, viendo florecer –otra vez– las minutisas en el jardín, el amor sin límites de Tere, el sol del ocaso dorando la Campanona, el fulgurar de los torreznos o el café, un poco huérfanos, cada mañana. Y hasta nos soltaremos con el ‘tseite, tsinu, tsume, tsana’ para recordar, como Machado, la emoción de las cosas. Y en esas andará Carbajo, el grande, con su sonrisa de pillo, porque todo pasa y todo queda, y por eso en el último texto que escribió habla de que “vimutse outra ve’l fucicu a la blanca, asina qui a arimar algunos trochus más al tsar ya a catsentase ya si cuadra, beber un poucu de vinín del Bierzu con un poucu d’azúcar, qui tengu arimáu al tsar pa qui nun s’enfríe…”

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
;