lunes, 2 de diciembre de 2013

Costurero de nostalgia



Aun con la tinta fresca, al desperezarse el sol surge entre la neblina del otoño moteado de nieve el manojo de prensa como un ovillo de rotos y descosidos asido con hilo de bramante. Como un milagro. En este León de empresas en liquidación, cuencas mineras al abismo, naves industriales para la chatarra, la caja de derroches en coma inducido, infraestructuras para largo plazo y otras desventuras de lo tópico que tantas veces impiden apreciar lo positivo, parecía que lo revelador de la semana podría ser la finde tour de un expresidente para presentar un libro. Y el dilema no era el suyo, sino si lo del espionaje sería cosa de revelaciones de actualidad o lo que resultó siendo, una trama que fraguaba en plena Guerra Mundial un desembarco para tumbar el franquismo y cuya base de operaciones estaba en León.

Tan poco milagro y tantos dilemas, espías y desdichas llevan a pensar que «aquí no pasa nada, salvo el tiempo» como en el verso de Ángel González. En pocas ocasiones los milagros, siempre entre la quimera y la ilusión, trascienden lo divino para los crédulos y lo presunto para los escépticos y se convierten en realidad. Este se lee ya en los pueblos mientras las heladas curan el samartino y en las cafeterías de la ciudad con pocillos de café caliente que humean vapor al tiempo que la mantequilla se derrite extendida en la tostada. La lectura página a página, blanco sobre negro, papel prensa, charleta, es otro milagro en tiempos de ebook, ipad, whatsapp y derivados.

Y pasa uno por aquí para participar cada lunes en el general común desacuerdo. Con la esperanza de no engrosar clubs de cantores líricos, comentaristas de la nada y otras categorías mitológicas que, según un agudo analista, pueblan páginas aquí y allá. Y con el propósito, siempre, de hilvanar unas pocas líneas no dando puntada sin hilo, aunque a veces enhebrar parezca, como cualquier milagro, cosa divina.

Rebuscando herramienta para el oficio, por el escaño de la cocina de mi abuela anda rodando un costurero repleto de trastos: imperdibles que unen lo imposible, la cinta de hule para no perder la medida, hilos de colores de los que tirar, el dedal para mitigar los puyazos, alfileres con los que pinchar de vez en cuando, tijeras por si hay tela que cortar y un lápiz con el que garabateará uno aquí puntadas, que ni siquiera llegarán a hilván. Envuelto en cremalleras, retales y remiendos, el acerico esférico y aguijoneado trae al imaginario aquello de que lo universal no es más que lo local sin fronteras.

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