lunes, 30 de diciembre de 2013

La nieve



Mágica, la nieve es mágica. Y entrañable como el despertar de la mañana con la esencia del primer café ante el ventanal: las chimeneas lanzando columnas de humo a lo alto, el bosque desnudo, la silueta de las cumbres envuelta por la luz temprana. Las pupilas, cegadas de blancura, se pasman ante lo que se ve a través de los cristales empañados y llorosos por dentro, que escribió Larra

La nieve es liviana como el agua fría del pilón en verano, como la brisa de primavera o como las manzanas ácidas del caruezal en septiembre. La nieve dicen que es blanca, pero tiene color, un blanco roto, un blanco casi gris o un gris casi blanco. Un color indescriptible, como el sabor del agua que también dicen que no sabe.

La nieve cae perezosa, sin prisa por llegar al suelo, y envuelve nuestra vida apresurada en una lentitud evocadora de tiempos ya pasados de madreñas y trajes de paño sobre los que morían los copos al caer. Ver nevar, arremolinarse copos en el aire, cómo se pierden al caer en los prados o cuando se quedan a medio camino en esa pelea con las hojas arrugadas que resisten en los robles o en las ramas deshojadas de los chopos. Oler la nieve porque también huele, sentir su frío o su calor sin tocarla, solo con que el aire te raspe la nariz muy por la mañana cuando acabas de despertarte, o pisarla apretándola contra el suelo que terminará por absorberla.

Las noches de nieve, como las noches de luna llena, tienen una luz azulada tenue y son una especie de día fantástico en silencio. Solo la melodía de los copos al posarse, frágiles como una caricia, sutiles como un sueño. El níveo que abriga la pizarra de los tejados y que terminará haciéndose hielo en los carámbanos de sus aleros, los caminos cegados para luego alimentar las presas y los ríos y las fuentes, las heridas de la tierra tapadas bajo esa capa que se romperá cuando los primeros pies la pisen y detrás lo hagan otros abriendo una senda y unos distintos siguiendo esa senda y algunos más descubriendo tal vez otra.

Entre sonrisas y juegos vendrán santos, muñecos, pechadas y algunos traspiés hasta que la nieve se deje ir o la quiten. Y al fin, resulta ser agua y corre hacia el mar y se pierde y se evapora como la vida. Pero la nieve es liviana y se va y vuelve, como su luz, como su magia: “No fue un sueño,/ lo vi:/ La nieve ardía”, escribió Ángel González en su poema más breve, once sílabas de lúcida sencillez en las que alude al último destello sobre el paisaje nevado, un crepúsculo premonitorio de un nuevo amanecer.

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