lunes, 3 de febrero de 2014

Silvia Brugos, entereza y dignidad



Es sabido que el periodismo es el segundo sector más afectado por la crisis, solo superado por la construcción. Lo mismo que ha existido una burbuja inmobiliaria, hubo una burbuja periodística que ahora se desinfla con el cierre de medios y cada vez más periodistas en la cola del paro

En lo que hace a la prensa, los males se achacan a la caída publicitaria y la competencia de redes sociales y ediciones digitales, cuando no a la propia crisis, que en sí misma es socorrida para todo. Se habla, pero no se sabe cómo abordar, de la reinvención del modelo de papel bobina y tinta impresa, para muchos una antigualla pese a que pasar las páginas y mancharse las manos de tinta siempre tendrá su encanto. Y se habla, aunque menos, de la perdida credibilidad de los medios para transmitir una información o convertirse en conciencia colectiva ante determinado asunto.

En los últimos días hemos asistido a un espectáculo delirante a causa del juicio por el crimen ocurrido en 2011 en Degaña, Asturias. La mayoría de los medios ha cubierto la semana a costa de todo tipo de detalles escabrosos, las grabaciones estremecedoras de parte de los hechos recogidas por el 112, las declaraciones de dos niños y la conducta incalificable de un asesino que, aunque ya de sobra retratado por lo sucedido y con la condena de la sociedad, ha vuelto a mostrar en el juicio su miserable personalidad.

La atracción y el morbo que el público siente por la violencia serían dignos de estudio, pero lo que aquí se refiere es cómo la mayoría de medios los alientan para vender más periódicos o aumentar audiencia. Lo que a menudo nos parece una película, porque no deja de ser ofrecido como tal producto, muestra en ocasiones como esta en la que los protagonistas son personas cercanas y conocidas, cómo el dolor es utilizado a través del derecho a la información, legítimo pero que ignora los derechos fundamentales de las víctimas y no respeta su dolor ni su duelo.

Las publicaciones sobre violencia en la familia han de tener un fin de concienciación social, claro, pero también pueden generar un efecto contagio. Un máster en morbo el de esta semana, a costa de un daño añadido a personas que con su silencio han dado siempre muestra de que no quieren que su tragedia trascienda más allá de lo necesario. Sensacionalismo puro, le digo a una amiga periodista, que me contesta que “la sangre vende, ya sabes”.

Una mediocridad de conciencia que contrasta con el ejemplo de la principal víctima, Silvia Brugos, su entereza y su dignidad.

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