lunes, 28 de abril de 2014

Laciana en plan mezcolanza



Las sociedades deprimidas es lo que tienen, que si no se ponen en cura a tiempo su mal se agrava hasta lo irremediable. Laciana, como otras cuencas mineras, añade a su actual acabose la crisis que lleva un lustro en el telediario y los titulares dándose codazos con la corrupción y el resto de líos.

Cualquier época de decadencia como esta no destaca por la imaginación a raudales, y no íbamos a ser la excepción que confirmara la regla. Por eso las ideas de un tiempo a esta parte van hacia los descubrimientos con cosa autóctona: feria de abril con jamoncito y vino fino, templarios de ida y vuelta, ferias de alfarería y un barullo de cosas en plan mezcolanza.

El potencial turista de territorios como Laciana busca enclaves y aspectos auténticos, que le atraigan y relajen, y algún establecimiento donde comer bien. Así de simple y así de complicado. Pero por aquí, en vez de promocionar nuestra gastronomía de calidad, con el butietsu (que nada tiene que envidiar al botillo, más bien al contrario) o los fisuelos, por citar dos ejemplos; en lugar de potenciar actividades que aúnen nuestra privilegiada naturaleza con cultura, deporte y gastronomía; o en vez de difundir aspectos únicos como la elaboración de mantequilla y quesos, en lo que el valle tiene mucha historia; en vez de todo eso, se deambula –que es bastante diferente a caminar– con una patética incapacidad para pensar y materializar una sola idea innovadora.

No quiere uno que estas líneas se tomen como un ataque concreto, que se tomarán porque en general se prefiere el populismo, pese a su demagogia, que la reflexión crítica con intención constructiva. Pero a poco que uno se pare a pensar, ni en Zahara de los Atunes celebran festivales de la sidra, ni en el último pueblo de Albacete montan jornadas gastronómicas de la anchoa de Santoña, ni en la Costa da Morte organizan un congreso de expertos sobre la sardana. A lo mejor es la globalización, todo en todas partes para al final nada.

Bastantes años antes de que la sociedad evolucionara en integración migratoria, Laciana y otras cuencas mineras dieron ejemplo acogiendo en sus pueblos a inmigrantes de aquí y de allá que, salvo casos aislados, nunca tuvieron problema. Pero no se trata de eso. Una cosa es ser un valle abierto al mundo (que este siempre lo fue, incluso antes de la mina y los mineros) y otra perder una identidad y unos valores propios que deberíamos no solo salvaguardar sino potenciar y utilizar para crear riqueza. No tan lejos lo hacen y no les va mal.

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