lunes, 7 de abril de 2014

Laciana, los días del capilé



“Los mineros en la mina/ gastan camisa planchada,/ con un letrero que dice/ la mina todo lo paga…” Todos la cantan, todos la saben. A la melodía valseada de lo que pronto se da en llamar el ‘rabudixio’, se le queda pequeño el salón y emerge por la ventana para morigerar en el aire helado de la calle. Al fondo, difusos, suenan los ecos de panderos y panderetas golpeados por las manos de jóvenes expertas. Las voces se acompasan con el rumor de una música suave, templada, armónica, que ha terminado de arrancar a los más rezagados al baile. “Que soy minero/ que no lo niego,/ porque la mina/ nos da dinero…”

Los primeros acordeones diatónicos traen nuevos sones al repiqueteo de los botones de nácar y la gravedad de sus acordes. La lentitud de los valses, el desenfado de las polcas, las habaneras de allende los mares que colman la nostalgia de los emigrantes retornados… relegan, cada vez más, los sonidos de antaño. También el baile del país moderniza sus cadenciosos remolinos y braceados, dejando panderos y voces en segundo plano para dar protagonismo al acordeón y las castañuelas. Los forasteros comienzan a llamarlo ‘la garrucha’.

Los tímidos bailes y los cortejos acercan a las mozas a los mineros y rompen poco a poco el primitivo recelo general con que gentes acostumbradas a un extraordinario aislamiento, ven cuanto les resulta desconocido. Dejándose llevar por la música, hay sonrisas cautivadoras que se enamoran de ojos vivos, miradas que se prendan de manos rudas, sentidos que se interesan por caras atrayentes llenas de secretos, y ojos vidriosos acostumbrados a la oscuridad de la mina que se iluminan ante los ricillos que asoman en las sienes bajo pañuelos oscuros con estampados floridos. Entre manos cómplices, miradas que se encuentran, manteos que se despliegan al bailar y pies que se mueven al compás, surgen los primeros idilios, las primeras bodas, las primeras familias. Las primeras ‘garruchas’.

Al fondo, entre la bruma del humo y dos copas de anís que acaban de chincharse con buenos deseos, una moza sonríe tímida al hablar con El Asturiano. Así llaman a un guaje llegado hace un año de Morcín con otros tres amigos para picar carbón en las grutas de la montaña. Uno de ellos liquida de un trago un capilé, pequeño café negro con gotas de anís que los asturianos arraigan. Y, sujetando un cigarro a punto de acabarse, arranca con voz grave una asturianada: “Tengu que subir al puertu/ anque me cubra la nieve./ Tengu que subir al puertu/ que allí está la que me quiere…”

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