lunes, 14 de abril de 2014

Lamentaciones sin muro



Los mayores muros suelen ser los que no existen pero construye nuestro subconsciente individual o colectivo. El nuevo primer ministro de Francia acaba de proponer un aligeramiento de su estructura administrativa, reduciendo a la mitad las autonomías y suprimiendo otros organismos, entre sus primeras medidas. En Italia, se ha eliminado ya parte de una estructura que, allí como aquí, ralentiza cualquier gestión y encarece el gasto público.

A este lado de los Pirineos tal cosa parece impensable. La cordillera de Irún al Cabo de Creus es más que una frontera natural y siempre ha marcado distancias en lo revolucionario, lo político, lo ilustrado y tantas cosas. Y no es chovinismo francés, porque España ingresó en la UE sin ser europea y sigue sin serlo. Aquí lo último es zanjar algo que pueda afectar a aforados, afiliados y demás familia, incluido ese “milhojas territorial” que les ampara. Y ni mentar la bicha, que solo lo ha hecho Miguel Sebastián –¿se acuerdan?, fue ministro con Zapatero–, para mostrarse partidario de suprimir las autonomías… excepto las tres que él llama históricas: Cataluña, País Vasco y Galicia.

Menos mal que las palabras de Miguel Sebastián están a la altura de lo que diga Ibán García del Blanco, por ejemplo, si no iba a ser insoportable el chaparrón de nacionalistas canarios, aragoneses y asturianistas porque “ye que sí” que afloraría en el mapa. Ah, y leonesistas y bercianistas, que nosotros lo valemos. Más ahora siendo como somos “Cuna del Parlamentarismo”. Lo de menos es que la alta velocidad llegue a cámara lenta, que la integración de la vía estrecha se descarte, que la única música del Emperador sea la de una subasta sin postores, o que no quede ni una en la provincia pero Tomás Villanueva anuncie un plan de gestión de empresas –otro– y otro –otro más– de futuro para aprovechamiento de los recursos endógenos. Ya saben, eso de lo que cada vez que un político habla es que ha agotado todos sus planes (A y B).

Todo eso es lo de menos. Aquí ahora además de la cuna (y la mula y el buey) tenemos el Santo Grial y al club de turistas incautos que vendrán a verlo se sumarán los asistentes a un congreso internacional que debatirá preguntas existenciales como dónde está el salero de la Última Cena, cuántos de los asistentes pidieron postre y si alguno se pasó con los chupitos. Menos mal que el Muro de las Lamentaciones (nos pegan más) ya está localizado en Jerusalén, sino seguro que también aparece por aquí. En Ad Legionem o en la Plaza del Grano.

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
;