lunes, 30 de junio de 2014

Babia en días de solsticio



Dudaba si dedicar el espacio a esos juramentos que piden que venga a echar el nuevo rey a la catedral o al procesamiento de la infanta que, afortunada ella, tiene además del suyo cada día más abogados defensores. Entre abdicación y coronación, por cortar no se ha cortado ni la baraja, que ahora en vez de dos hay cuatro reyes. 

La temporada va de coronas y por más que uno quiera llevar la contraria, es inevitable. Ni quedándose en casa, pues por aquello de que la tierra siempre tira pensaba hablar de la recién inaugurada Casa del Parque de Babia y Luna, pero los primeros turistas en apearse del coche preguntan de dónde viene lo de “estar en Babia”… y resulta que en época medieval algún rey de León tuvo por aquí su guarida de descanso, por lo que cuando alguien le reclamaba en la corte decían que “estaba en Babia”, lo que traducido a nuestros días es con el móvil apagado.

Los reyes ya no vienen a Babia, ni en ejercicio ni abdicados, y tampoco van a la catedral a echar juramentos, ni falta que hace. El palacio de los nobles abusones en otro tiempo se reinventa para mostrar los valores de la biodiversidad de la comarca para disfrute universal, poco a poco dando frutos con el acompañamiento de una oferta hostelera que también se reinventa con unidad y atractivas ideas compartidas.

Babia, trashumante y estante, señorial y labradora, guarda vestigios de esas esencias en su cultura, paisajes y pueblos, con el recuerdo de los perfumistas de la colonia Álvarez Gómez, los maestros de temporada que iban con lo puesto a las cabeceras de Asturias e irrepetibles personajes que contribuyeron sin alharacas al progreso humilde y real y alimentaron la sabiduría popular transmitiendo la suya.

En estos días de solsticio en que las ovejas paladean los pastos de los puertos y el cielo regala atardeceres ardientes, la hierba aguarda la siega meciéndose levemente con una brisa suave, como una danza artificial. Un poco más arriba, las retamas salpican las laderas de amarillo y en los altos la poca nieve que queda se deja vencer, para terminar en alguno de esos lagos, milagros de glaciares remotos, o alborotar los regatos que serpentean hasta las aguas mansas del río Luna. 

En buena compañía, una excursión por cualquiera de estos parajes, con una empanada y pastas de Panadería Alonso de Riolago, el café de Pepe en El Moriscal de Huergas y leer tras la siesta las ‘Estampas de Babia’ de Guzmán Álvarez… si la felicidad existe debe estar cerca. (Incluso por no haber reyes ni infantas).

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
;