lunes, 23 de junio de 2014

Cargarse al oso



Un oso pardo adulto aparece muerto en uno de los parajes más bellos y desconocidos de Laciana: los montes del Aviséu, surcados por sendas de densa vegetación a través de las que se ven varios molinos en ruinas y un arroyo descolgándose en pequeñas cascadas –la del Pimpanón, espectacular– con un agua fría y cristalina que reverdece y refresca un ambiente limpio, puro, intacto.

Las primeras informaciones, a reserva de los resultados científicos, significan que la muerte de este oso no ha sido consecuencia de la mano del hombre. Parece no haber sido así en Quirós (Asturias), donde una semana atrás apareció otro muerto con heridas de arma de fuego. En montes de Palacios del Sil, hace tres años, otro fue abatido a disparos y semienterrado. No se dio con los responsables.

El oso es animal superviviente pero hay otra “fauna” que suele chirriar demasiado en su hábitat. Ha leído uno estos días en redes sociales a varios cazadores recochinearse y hasta jalear la muerte de este último ejemplar en Laciana. “Un problema menos”, decía el más suave compartiendo bravuconadas. Y no es cosa de generalizar, que habrá de todo, como tampoco de no mentar a esos ecologistas de ocasión (o de prejubilación), autoproclamados expertos cuando tratándose de osos solo conocen a Mimosín, Yogui y Winnie the Pooh.

Últimamente esta emblemática especie en peligro de extinción se ha convertido en una posibilidad real para una economía local errante. Cada vez son más los turistas nacionales e internacionales atraídos por el avistamiento de osos en libertad, entre urces y arandaneras, entre robledales y camperas. El turista del siglo XXI interesado por la naturaleza o gustoso del relax rural quiere ecoturismo y no impostura de animales de zoológico a los que solo les faltaría saludar a los prismáticos o las cámaras como la Familia Real un día de coronación cualquiera.

Y en Laciana, qué triste, no solo no se aprovecha este potencial sino que desde determinados sectores se dilapida intentando subirse al carro por cauces poco ortodoxos, cegando para que el vecino no vea, ofreciendo una publicidad engañosa y torpedeando cuanto y por donde se puede. Algunos se están cargando uno de los activos sobre los que debería girar la atracción turística que necesita el valle como base, para ser complementada con sus otras muchas riquezas. Y no está la cosa para rodeos, ni para miserias, ni para espantar a la clientela, porque a estas alturas ya nadie cree en las trolas del carbón ni en los vendedores de humo.

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