lunes, 7 de julio de 2014

Canto rodado en otra sombra



El alcalde Emilio Gutiérrez deshoja el calendario y el tiempo que queda hasta que la Junta diga qué pasa con la Plaza del Grano se le hace eterno, insoportable. Los días le corren tan viscosos que, si no fuera por las estrecheces, encargaría a la concejala del ramo una envolvente para cogérsela con papel de fumar. Pero, qué mala suerte, ni el clima acompaña: entre los chaparrones tan repentinos y el sol inclemente, no hay árbol ni soportal que dé sombra capaz de sosegar ese sufrido acaloramiento.

A estas alturas de mandato, el calendario empieza a ser también insoportable. Mayo ya está ahí, pero quién sabe lo que pasa por la cabeza del alcalde. Los nervios y las prisas suelen ir parejas a las chapuzas, y pergeñar una obra en un entorno histórico de gran susceptibilidad es ya un atrevimiento, pero pretender ejecutarla sin los permisos necesarios roza lo temerario. Que hay quien utiliza esto como todo, subiéndose al carro, es indiscutible. Que el meollo coincidiera con el ‘sorpasso’ de Gamonal –qué miedo–, puede ser casualidad, pero es causalidad que los leoneses recuerden memorables actuaciones –de su mandato, no del de Paco Fernández o de cuando se derribó Puerta Obispo– como lo de Ad Legionem o la demolición de la Harinera Alfageme con la excusa vaga de no poder impedirla por no tener protección urbanística. 

Por eso, no son de extrañar reacciones cuando se maquina cualquier actuación con hormigón de por medio y más si atañe a un símbolo como la Plaza del Grano, rincón romántico y único vestigio de una sociedad que hablaba del “común de los vecinos” y “la salud pública y adorno de la ciudad”, como recuerda la leyenda de la fuente.

No está claro qué prefiere a estas alturas el alcalde, si que la Junta abra los brazos a sus planes para ensanchar aceras y tapar calvas del empedrado (obras necesarias, sí, descartados otros pastiches) o evitarse todo el lío aunque no pueda cargar públicamente la culpa a una administración no solo gobernada por su partido, sino de la que hasta el día antes de entrar en la alcaldía él mismo formó parte.

Todos somos, en el fondo, parecidos a los cantos rodados: piedras menudas amontonadas, unas abajo y otras arriba, unas redondas y otras oblongas, susceptibles de ser arrolladas por la corriente, desgastadas por la erosión y la corrosión. Por eso a lo mejor lo que le pasa al alcalde Emilio Gutiérrez es que, como un canto rodado cualquiera, de un tiempo a esta parte la corriente le ha arrastrado o él se ha dejado mecer a otra sombra. Y…

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