lunes, 28 de julio de 2014

Firme el carnicero



La muerte hace unos días de Fermín Álvarez Rubio supone un eslabón más en la pérdida de una generación fundamental para entender la idiosincrasia y la evolución del Valle de Laciana a lo largo del último siglo. 

Firme el carnicero, que gastó noventa y un años, se dedicó con acierto a su oficio, pero también derrochó horas divulgando la historia del valle, interpretada muchas veces a su manera. Su propósito nunca se alejó de la buena intención y el amor al terruño, rasgos en sí nobles, aunque no es menos cierto que contaba con una capacidad fabuladora más aproximada a la ficción que al estudio, y de un entusiasmo desbordante por lo que creía motivo de orgullo, que probablemente le viniera de alguno de sus genes asturianos.

Entusiasta de la ganadería y la “manteca fina de Laciana” que en otro tiempo copaba las tiendas gourmet de la Gran Vía, Serrano y Alcalá, cuando los madrileños descubrieron que en la montaña leonesa se hacía una mantequilla que nada tenía que envidiar a la extranjera, hablaba a cualquiera que quisiera escucharle –y en las hemerotecas queda también testimonio de ello– de la Escuela de Sierra Pambley, los hermanos Alvarado o la medalla de oro que le dieron a Marcelino Rubio en la Exposición Universal de Bruselas en 1910.

Sabedor de que con el ocaso del carbón habría de producirse el retorno a lo anterior a una industria que nunca tuvo posibilidad ni visos de eternidad, propuso crear en las instalaciones de su cuadra una escuela para jóvenes ganaderos. Un deseo al que nunca renunció y que para no pocos fue solo una ocurrencia. No eran tiempos para las utopías en la cuenca de donde salía el carbón que llenaba la ciudad del dólar, paraíso de contratistas de poca monta convertidos en constructores con el único fin del máximo beneficio y oportunistas nada escrupulosos.

Su propósito nunca alcanzó ni la posibilidad, pero Firme ideó una recreación artística que hiciera, de alguna manera, inmortales sus sueños. En las fachadas de su cuadra, Alfonso Portugués Carro pintó con primor metros y metros en los que se desbordan la flora y la fauna, los chozos y las cabañas, el pastor y sus ovejas, las segadoras y las brañeiras, vacas y toros, osos y urogallos, un bucólico homenaje a un tiempo en el que no se había inventado el desarrollo sostenible y sus sesudas explicaciones, porque simplemente se practicaba.
Sería de justicia y utilidad salvaguardar esos murales con las medidas protectoras oportunas y convertirlos en un atractivo turístico para disfrute público.

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