lunes, 21 de julio de 2014

Montones de luz



A Álvaro Toledo

Orallo, Murias de Paredes y Piedrafita de Babia han compartido este fin de semana actividades lúdicas centradas en la trashumancia, la artesanía y las tradiciones. Son iniciativas modestas, surgidas de la cooperación de los propios vecinos, con las que se pretende revitalizar unos pueblos que necesitan revulsivos en el ánimo colectivo; una especie de luz que pinte de color el gris triste y aburrido que nos ha tocado vivir y que algunos se empeñan en que termine siendo negro.

En las paredes de una casona señorial –que fue cárcel y cuartel antes de que a Murias la decapitara la frialdad administrativa– condenada a la ruina hasta que un milagro la salvó para llenarla de cultura, cuelga estos días un conjunto de fotografías hechas por Amós Salvador Carreras en sus viajes por nuestra provincia hace ahora un siglo. Una de ellas, de la propia casona en 1913. Las imágenes de Amós Salvador, a las que Juan Ramón Jiménez evocó en un poema como “montones de luz”, son escenas mudas en las que la luz habla y transmite.

Amós Salvador, arquitecto y hombre de cultura convencido como otros de la necesidad de realizaciones y esperanzas en tiempos de pérdida de horizontes, entendía el regeneracionismo desde la práctica y sembró escuelas en Laciana y El Bierzo. Sencillas y humildes, con amplios ventanales por los que la luz se cuela leve y mágica, cuyas aulas entonces estaban llenas y hoy vacías. Una de las pocas todavía en activo es la de Orallo –tal vez la más bella de todas–, aunque condenada al cierre como las demás.

La luz, la misma luz que Inés, nieta de Amós Salvador, evoca con nostalgia al recordar un viaje en barco desde Nueva York, en el que tras hacer escala en Barcelona, viajó con su madre y sus tres hermanos a Cannes para encontrarse con sus abuelos, en el que fue último verano de estos en el exilio. Inés tenía dieciocho años pero se deslumbró con la ilusión de una niña a la que le queda todo por descubrir, al ver, desde la barandilla del barco, la luz pura que envolvía Cannes en tonos claros rosas, amarillos, blancos, entremezclados con el azul pastel del cielo reflejado en el mar, tan en contraste con el gris neoyorquino que había conocido en los diez años anteriores de su infancia exiliada.

Hoy lo recuerda como la cosa más hermosa que jamás ha visto. Y aquí nos hace falta luz, “montones de luz”, e ilusiones para recuperar esperanzas como las que llevaron a Amós Salvador a intentar que ellos y nosotros fuésemos mejores.

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