lunes, 8 de septiembre de 2014

Juan Alvarado, el olvido que seremos



Hace hoy cien años, el 8 de septiembre de 1914, murió Juan Alvarado en Villablino. ‘El Porvenir de León’ dio cuenta de la triste noticia, glosando la figura de un –hoy como entonces– desconocido para muchos, cuya modestia fue siempre unida a su mérito y cuyo entierro “constituyó una grande y elocuente manifestación de pena” según aquella crónica.

‘El Porvenir de León’, un periódico con nombre ilusionante, era el medio informativo de los republicanos leoneses y decano de la provincia, contando en aquella fecha cincuenta y dos años desde su primer número. Casi los mismos que Juan Alvarado, que murió a los cuarenta y nueve tras haber consagrado más de la mitad de su vida a su trabajo como profesor de la Escuela de Sierra Pambley de Villablino.

El Club Xeitu, único que ha tenido a bien acordarse de la efeméride a diferencia de algún inexplicable olvido, dedica algunas de sus actividades a la conmemoración del centenario. Una de ellas, la publicación hace unas semanas del epistolario del antiguo profesor. A través de sus cartas, Juan Alvarado es protagonista y narrador de su propia singladura, en la que afloran rasgos hoy extinguidos como la honradez o la generosidad, en contraste con vicios tan de nuestros días como la milonga entre magnates o las milongueras pretensiones que canta el viejo tango.

Convencido de la necesidad y efectividad de una educación de valores como la de la Institución Libre de Enseñanza y en el compromiso social del individuo para mejorar la sociedad, el profesor fue mucho más que eso, practicando una incansable y útil labor de puesta en valor de las posibilidades y los recursos del Valle de Laciana (la ganadería, la mantequilla, los quesos y otras singularidades), que nunca fueron en colisión con la minería del carbón, entonces naciente, de la que él fue también uno de sus pioneros. Dedicó sus afanes a construir escuelas y tender vías de progreso, nunca a destruirlas.

Su sepultura en el antiguo Cementerio Civil, compartida con su hermano y compañero Ventura, se erosiona en el abandono borrando las letras alfa y omega y los dos relojes de sol que acompañan los nombres y fechas. Símbolos, en la masonería, del flujo irremediable del tiempo, de la consumación de un ciclo, pero también de la posibilidad de invertir ese tiempo para que el pasado sea elemento de futuro. Como en el supuesto soneto de Borges, “ya somos el olvido que seremos”, pero la historia es útil no solo para recordar y conocernos, también para encontrar necesarias esperanzas.

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