lunes, 15 de septiembre de 2014

Pepín Vaquero



La vocación marinera de un lacianiego puede ser, por sí misma, no solo noticia sino acontecimiento, por lo excepcional, y más en unos años grises en que el mar quedaba, como casi todo, demasiado lejos. Acaban de cumplirse cincuenta años del atentado sufrido por el buque español ‘Sierra de Aránzazu’, en que perdió la vida, junto a dos compañeros, el marino lacianiego José Vaquero Iglesias, Pepín el de Nemesia.

Aquel 13 de septiembre de 1964 este buque español, que llevaba alimentos, tejidos, juguetes y otros materiales similares a La Habana, fue atacado con crueldad cuando navegaba por aguas del Mar Caribe. Fallecieron tres integrantes de su tripulación y resultaron heridos otros seis; uno de los fallecidos fue Pepín Vaquero, nacido en Villablino en 1941.

En estos tiempos de informaciones a toda prisa, filtraciones de papeles reservados y hackeos masivos para que el mundo siga sin saber prácticamente nada, sus hermanos Tomás y Julio Antonio han investigado el suceso y, a través de archivos desclasificados de la CIA y otras fuentes, documentan cómo el ataque fue obra de grupos organizados y financiados directamente por la CIA. El antagonismo entre Estados Unidos y Cuba vivía su punto álgido, sometiendo a la isla a un severo bloqueo comercial, vigente en nuestros días, impidiendo la entrada de todo tipo de mercancías, tanto con ataques a los barcos que las portaban como a través de la relación dominante de la potencia norteamericana sobre otros países, con el propósito de que el descontento de la población minara el régimen de Fidel Castro desde dentro.

Aquel atentado de repercusión mundial tuvo inevitablemente una connotación emotiva y solidaria en el Valle de Laciana. Durante la semana que trascurrió entre el conocimiento del suceso y la llegada de los restos mortales de Pepín, la generosidad común fue in crescendo hasta el entierro, en el que el valle entero arropó a sus padres y hermanos con el mayor afecto vecinal, rindiendo un último homenaje a aquel mozo que un día se fue para no volver a ver sus montañas. Ahí está el recuerdo colectivo, ahí están las fotos de unas calles llenas de personas, silencio y dolor.

Esta víctima inocente de nuestra memoria local es una más de tantas que lo han sido y lo son a lo largo de la historia y debería, en su tierra, ser recordado de alguna forma. Máxime en estos tiempos sin brújula y en un pueblo tan necesitado –cada vez más– de referentes sanos. El de Pepín Vaquero, tan simbólico y cercano, tendría que ser imprescindible.

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