lunes, 17 de noviembre de 2014

Cortoplacismo de mordida



Eran los noventa. Las Olimpiadas, la Expo y el AVE aparentaban más que eran. Al presidente González le crecían los enanos, no los bonsáis. Decadente, se servía de los resortes del poder para que nadie tirara de la manta de los escándalos financieros y de corrupción y hasta de terrorismo de Estado que copaban las portadas de la prensa, a través de la que decía enterarse de esas cosas. Un tal Roldán amenazó con tirar de la manta, pero solo lo hizo para hacerse aquellas fotos en plena orgía. Una chusca escena que resume la juerga en un grado de banalidad rebosante hasta lo temerario, más cuando un tal Berlusconi importó tejes y manejes a la italiana. Pensábamos, entonces, que la corrupción quedaba muy lejos.

En mi pueblo, el alcalde también apuraba el cargo. Nepotismo va, corruptela viene, ni los padrinazgos carboneros ni la red clientelar urdida le salvaron de la patada electoral. Al cabo, fue condenado por prevaricación e inhabilitado, el PSOE le dijo adiós muy buenas y se exilió de la política hasta su vuelta en 2007. Entonces, tuve ocasión de entrevistarle y le pregunté si alguien con su historial debía presentarse a un cargo público. Respondió con una frase lapidaria: “me siento muy orgulloso de mi inhabilitación”. (De lo de las ovejas dijo que era “un asunto privado”, aunque con dinero público, como los viajes de Monago). Su candidatura consiguió aquellas elecciones 621 votos, y 468 en las siguientes. Suficientes para sacar un par de concejales llave y traficar con su voto, cómplice y/o agraciado. Comprendí entonces que la falta de valores no era solo suya, y que la banalidad estaba ahí, bien cerca.

Hoy que ya nada queda tan lejos, las operaciones empiezan en madeja y terminan en enredadera y, un día cualquiera, se pasa del despacho mayor al calabozo. Para no pocos, las mordidas son consustanciales a su andadura política, y más que formar parte de ella son su razón de ser. En mi pueblo, un proyecto que iba a consistir en unas excavaciones arqueológicas y construir un pequeño edificio, se modificó como que no quiere la cosa, por decisión política, a la inversa: casi todo para un edificio catedralicio y casi nada para las excavaciones. Un millón de euros de fondos mineros gastado en su mayor parte en un edificio cerrado, que iba a ser centro de interpretación sin tener nada que interpretar, por no poder excavar según lo previsto. Turismo, prosperidad y hasta cultura, decían.

Comprendí, al final, que más que corrupción o banalidad, era cortoplacismo de mordida.

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