lunes, 1 de diciembre de 2014

La pandilla del blablablá



Lleva uno un año revolviendo en este costurero. A estas alturas, entre hilos, alfileres, tijeras, cinta, dedal y el acerico regalo de una amiga, tan revuelto está como estaba, pero al fin y al cabo uno tiene dos manos y cinco dedos en cada una, que pueden ser demasiados incluso para pulsar las teclas del ordenador de las que cada semana sale esta columna. Y escribir opinión es o debiera ser revolver, a lo loco como caería el confeti en los cumpleaños de los niños de una ministra.

Como todo cambia para seguir igual, a lo peor por eso el vistazo a los periódicos repite hasta el empacho a los omnipresentes. Sucede algo parecido con los personajes de la televisión: ya te pille a la traición Sálvame o hagas zapping, terminas topando con ellos y sabes cómo actúan, cómo hablan y al final los reconoces. Alguien preguntaba hace no mucho a Marhuenda e Inda cuándo están en sus periódicos, porque se pasan el día de tertulianos de bolo en bolo.

Pues en León ocurre así con la pandilla del blablablá. Se pasan la vida de francachela en cuchipanda, de banquete en festín, de sarao en festejo, de comida en cena, de romería en feria. Solo perdonan la hora de la siesta, porque hasta los fines de semana están activos, y de qué manera. “Entrega a los ciudadanos”, dirán ellos. Lo mismo les da por pelar pimientos, revolver la alubiada, catar cecina de chivo a pie de puesto o probar el mencía de la última cosecha. Lo mismo inauguran una tienda de vestidos de novia, que cortan la cinta del rastrillo del fin de semana, que arrancan las motos eléctricas del burguer de la esquina.

Mires donde mires, estés donde estés, ahí están, amontonados con sus sonrisas de pegatina, abrazos por un tubo, con el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, con las manos a lo salesiano, con la sonrisa endemoniada mañana y tarde, y a su alrededor los allegados del día. Se pegan como lapas a un micrófono o a la primera Nikon que ven, y posan impostando felicidad contagiosa en plan placebo. Declaran naderías en avalancha, frases vacuas y obviedades perezosas, oratoria de ocurrencias ramplonas y pura demagogia.

Y al final, tras las fotos y la merendola, se van como llegaron, en los coches oficiales, porque a eso y nada más que a eso han ido. Sin manchar el mocasín y sin arrugar el traje, que mañana toca otra vez. Y la gente se queda ahí, con el paro, la despoblación, la miseria y la desesperanza. Con su vida real, alegre y triste, buena y mala, tan distinta y tan distante de todos los de la pandilla del blablablá.

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