lunes, 22 de diciembre de 2014

Nada fue un error



“Tengo una mala noticia, no fue de casualidad…” El argentino es más meloso que el alemán o el polaco, ahí está la canción de Coti, por eso tiene que mediar un Papa de Buenos Aires en el bloqueo de Estados Unidos a Cuba. Divino. Como una hostia por consagrar, se despliega el telón del Caribe para que caiga uno de los últimos mitos del siglo XX. Los muros, virtuales o no, sirven para cerrar y limitar, pero también encubren realidades. Este disimula Guantánamo, que Obama prometió cerrar hasta que abandonó su “yes we can” y se pasó al “no we can’t”. Tras los del Vaticano aparecen cientos de millones ‘escondidos’, de esos que no figuran en los balances oficiales. Los medios dicen que tenían mucho más dinero del que creían, y será por los creyentes, pero habría sido más exacto decir que tenían mucho más del que decían. Entre creer y decir, error.

“Los errores no se eligen, para bien o para mal…”, sigue cantando Coti. En cuestión de dinero, como de negocios, no se trata de nada personal. A quién no se le ha ido la mano con algún número, trastabillando como una Infanta cualquiera o como la Agencia Tributaria cuando le inventó media vida fiscal. Errores que atrapan todo el interés, errores de los que se habla, errores que desvían la atención. Errores.

Está a punto de terminar un año en que ni un solo día la corrupción ha desaparecido de los periódicos, y pese a tanto Gürtel, Noos, EREs, Pujol, Bankia, fianzas millonarias o paseíllos judiciales, las informaciones rara vez dicen algo que no se sepa o intuya ya. Como el nuevo portal de transparencia.

Lo peor que le puede suceder a la opinión pública es que normalice las malas prácticas. La televisión hace la ola al pillo de turno y a delincuentes condenados. Una sociedad sin valores engrosa la cuota de pantalla. En León un alto cargo dimitido sale de prisión bajo fianza y es recibido con banda sonora, emociones y abrazos mil. Los que hasta anteayer eran su guardia de corps huyen de él. Alguno le abraza con empalago y estridencia en público, como haría un Judas o un solidario calco de afanes. En política siempre hay que descartar, en principio, el cariño.

Algo muy grave sucede para que el público crea más a pillos y presuntos delincuentes –sin que estos sean los únicos tales– que al Estado de Derecho. El fiscal general acaba de dimitir “por motivos personales”, regresas de la celda a la poltrona y algún Judas regala un abrazo. Pero ya canta Coti en el estribillo de su canción que “nada fue un error, nada de esto fue un error…”

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