lunes, 26 de enero de 2015

Don Paco Sierra



Hoy hace cien años que murió Francisco Fernández-Blanco de Sierra y Pambley, en su casa de la calle Ferraz de Madrid. Don Paco Sierra, como era conocido, había nacido en 1827 en Villablino y, como tantos en la época, estudió Derecho para no ejercerlo, dedicándose a la política y a administrar su considerable hacienda familiar.

En lo personal, lejos de presupuestas felicidades, tuvo la desdicha de ver morir a casi toda su familia. Huérfano temprano de padre y madre, perdió en cinco años y de forma inesperada a sus dos hermanos, Pedro y Victorina. De las dos hijas de esta, Áurea había muerto en 1876, en el parto de su segundo hijo, que no sobrevivió, y Juana lo haría en 1900. Un año y medio más tarde, la única hija de Juana –llamada Áurea, como su tía–moría a los dieciséis años. En lacónico lamento, don Paco mostraba su triste convicción de estar “sin duda destinado a quedarme solo”.

De la política se desengañó con la derrota que sufrió en 1881, cuando concurría para diputado a Cortes y Manuel Rodríguez –comerciante lacianiego de éxito en Madrid– le ganó la votación ofreciendo convites y “pagar un buen jornal a todos los que le voten”. Desencantado, maceró la idea de crear una escuela en su pueblo, alentado y guiado por los prohombres de la Institución Libre de Enseñanza. Del éxito de esa primera aventura, surgieron otras cuatro en Hospital de Órbigo, Villameca, Moreruela de Tábara y León.

Se ha escrito mucho sobre él, pero paradójicamente se sabe poco o nada, con repetidos tópicos ora pura fantasía, ora pura mentira. Es buen ejemplo la anécdota de su recelo a viajar en automóvil, cuando hay testimonio de su puño y letra sobre sus encargos a Alberto Laurín para fuera a buscarle desde la ciudad a Villablino. Laurín, un apañado francés con taller mecánico abierto en León, fue dueño del primer vehículo matriculado en la provincia, un Darracq que lució la placa LE-1 desde 1902.

Don Paco hacía gala de su sinceridad como virtud y defecto, destacaba por la firmeza de sus ideas y su convencimiento de la filantropía como elemento de justicia social, lejos de intereses de tapadillo y altruismos de disfraz en que resultan las cosas al cabo de un siglo. Cada vez que nombraba un nuevo profesor le hacía llegar sus consejos, entre ellos “procure que los chicos vayan siempre limpios a la escuela, y trátelos con gusto, único medio de que se despierte en ellos el deseo de saber; y aproveche cuantas ocasiones se presenten para inculcarles ideas de honradez y de buenas costumbres…”

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