lunes, 5 de enero de 2015

La bagatela triste de Bernardo (y II)



La vida de Bernardo Zapico fue como tantas de su tiempo una bagatela, palabra antigua que da nombre a las cosas menudas y las minucias que termina llevándose, sin más, la corriente de la historia. El auge del capitalismo en tiempos de cañones europeos y los felices años veinte, preludio de crack, crisis y guerra. Una bagatela triste.

Apenas tres lustros de gloria le dieron para no conformarse con la bicoca de director de la Hullera, donde fue pionero con casas baratas y economatos. Apenas tres lustros le dieron para sacar carbón donde la explotación estaba en pañales: Villablino, Viñayo, Toreno, Matallana o La Robla. Apenas tres lustros le dieron para ser diputado a Cortes, con campaña de anuncio perenne en portada del periódico provinciano y entrevista diaria que le hacían “lápiz en ristre y cuartillas en mano” en su despacho de Ordoño II, donde regalaba los oídos y las propinas. Por eso, antes de las elecciones, los cronistas escribían cómo “ya se nos antoja ser dignísimo diputado”. Sus enemigos políticos le desdeñaban diciendo que no era leonés de cuna, que quería pasearse a sus anchas por los ministerios en busca de favores, que no tenía buena oratoria. Que era, por así decirlo, una bagatela.

Apenas tres lustros le dieron también para casarse con una dama de la burguesía capitalina, Petronila Arriola, a la que pretendía otro. Era Isidoro Aguado Smolinski, quien al cabo de muchos años pasaría factura a Bernardo –en la figura de su trasunto Luis Zandívar– contando su desgracia en la novela ‘Bagatela’. Pese a las más de seiscientas páginas, el enamoriscado termina diciendo que está inconclusa pues “la vida sigue…” y Petronila, la bella Petronila, no es ninguna bagatela.

La mujer enamorada fue en los papeles viuda sin serlo cuando su marido tuvo que huir asediado por las deudas, embarcando a México con el semblante triste y demacrado que se lleva en los viajes que se saben sin retorno. Su desgracia fue tragedia en pocos años con la muerte de dos de sus tres hijos. Antonio, estudiante de ingeniero de caminos de 19 años, murió en 1936 en el Puerto de Ventana, frente en que estaba destacado como falangista. Emilio, ingeniero agrónomo de 27 años, fue secuestrado en 1945 en Santibáñez del Porma por una partida de maquis que pidieron un rescate por él y, al descubrir el engaño perpetrado por la policía y el gobernador Arias Navarro, lo asesinaron. Para entonces, ya estaba amarilla la esquela que había dado cuenta de la muerte de Bernardo Zapico en la lejanía y el olvido.

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