lunes, 23 de diciembre de 2013

La perdida conciencia obrera



Entre el revoloteo de fiscalías que actúan como defensa particular de una infanta en apuros, el sindicato andaluz patas arriba, emails de sinvergüenzas metidos a banqueros y hasta un registro judicial al partido gobernante, se cuelan noticias que hacen pensar que todo es, al fin y al cabo, lo mismo. La situación de la minería y sus recientes acontecimientos la enmarcan en ese todo que provoca náusea, indignación y etcétera.

Las memorias del elefante se alimentan de héroes y gestas porque necesitamos mitos para creer en lo utópico y en nosotros mismos, máxime ante la mediocridad que nos ha tocado en gracia. Por eso, aunque las ‘huelgonas’ de 1962 y 1963 fueron una realidad, sus ecos en la Pirenaica y el papel épico de las mujeres apoyando la lucha de unos mineros que intentaban mejorar su vida mejorando la sociedad, resultan tan increíbles que suenan a ficción. Por eso, aunque la Marcha Negra de 1992 nos pille mucho más cerca, a estas alturas solo es pasado y sus dos imitaciones no solo se quedaron en una romería chusca, sino que confundieron en muchos momentos el objeto de su existencia.

Como tantas otras cosas, se ha perdido la conciencia obrera, también en un sector reivindicativo tan emblemático como el de los mineros. Lo que empezó a minar el capitalismo lo remataron el ingreso en la Unión Europea y los planes del carbón, cada vez peores pero narcotizados con mieles de prejubilación y otros terrones dulces. Mientras, la emigración de las cuencas, el cierre de minas, la proliferación de cielos abiertos y unos pocos haciendo el agosto.

La ceguera ante ese contexto tiene relación con la pérdida de la conciencia obrera y con el drama de estos días. Y es natural cargar ahora las tintas sobre un poder político responsable del desastre, aunque no solo el PP y el ministro José Manuel Soria, nefasto para el carbón y para casi todo. Pero es menos natural que nadie mente la relación que con este asunto tiene el oligopolio de las eléctricas, tan de moda estos días por el fallido tarifazo. Y menos natural aun es que llegase a participar en más de una manifestación, puño en alto, un individuo que ahora debe andar escondido entre miles de toneladas de carbón, o que su lugarteniente se enfundara vaqueros y visera para tirar petardos entre los mineros hacia el Ministerio de Industria. El mismo que unos días después pensaba volver, ya con traje y maletín, a exprimir el arca de las subvenciones. Y así estamos, con todo en liquidación, incluida la perdida conciencia obrera.

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