lunes, 9 de marzo de 2015

Mentiras en la alameda


El primer alcalde de la democracia de Ponferrada dijo hace no mucho, tras años sin hacer ninguna aparición pública, que le había dolido que se talara la alameda que mandó plantar en el Parque de la Concordia. Sus dieciséis años como alcalde terminaron con las mudas y mudanzas de algunos, porque a la ciudad del dólar le quedaban polígonos y solares en los que prometía circular copiosa y espléndida la moneda nacional. Veinte años no es nada, qué febril la mirada… cantaba Gardel, y si algunos mirasen (o se mirasen) en la hemeroteca, reconocerían a jóvenes tránsfugas, prometedores recalificadores y empresarios dispuestos a casi todo sin el casi. Como si en veinte años todo hubiese sido de mentira.

La figura de Celso López Gavela coge peso con los años en el imaginario popular. A ello contribuyen los posibles/presuntos méritos de sus sucesores, méritos desvanecidos en líos diversos o tan paupérrimos que cuesta ver alguno. Cual alegoría precaria, la ciudad del carbón y la electricidad hoy tan en decadencia dedicaba hace unos meses el llamado “Puente de los Faraones” a su antiguo alcalde, López Gavela, que mandó hacerlo, como si el destino le hubiera reservado un rango parecido a un faraón en una política local de zombis, paniaguados y conseguidores. A lo mejor a López Riesco le ha dado por pensar que al del centenario algún día lo bautizarán con su nombre…

Salvador Allende dijo en su último discurso que algún día se abrirían las grandes alamedas para que por ellas pasara el hombre libre, y ni por verdad se pueden tomar los últimos momentos del presidente de Chile, de quien hasta hace poco se dijo que había sido asesinado, porque venía mejor en la glosa del mito, pero investigaciones y testimonios lo apuntan como mentira, pues todo parece indicar que se suicidó mientras aviones y tanques atacaban el Palacio de la Moneda y al él se le rompían sus gafas de pasta negra.

En mi pueblo se plantó una alameda en los alrededores de la iglesia que un cura de infausto recuerdo se empeñó en construir en medio de una vega de prados. Como debió ser antes el milagro que la especulación, luego de la iglesia se hicieron las calles y brotaron como setas los edificios de viviendas. Hace no mucho, como un símbolo de los tiempos, algunos de esos álamos se talaron, porque aquí y allá se lleva más el tronche que el brote. Y aunque aquel cura y aquel alcalde murieran sin verlos crecer y dar sombra a un templo tan desmesurado como sus ínfulas, esa tala es prototipo de otros desbroces que nunca han dejado de existir. 

La censura, por ejemplo, que lo es cuando alguien altera ligera o completamente una opinión, esfumando cuatro palabras que cree molestas para tal o cual jefe, y te preguntas entonces qué diferencia hay entre estos y aquellos, los denostados a los que ahora nadie conoció, el constructor analfabeto y su troupe de aquella Ponferrada del principio, y como dijo Groucho Marx uno “jamás pertenecería a un club que me admitiera como socio”.

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
;