viernes, 10 de abril de 2015

Los cajones de la Yaya






En los cajones de nuestra memoria siempre habrá momentos, lugares, olores y muchas más cosas que se resumen en torno a la persona que nos dio todo sin pedir nada a cambio, esperando solo nuestro bienestar porque en eso se sustentaba el suyo. Los primeros pasos tienen sus pisadas, como los primeros dibujos o las primeras letras tienen algo de ella y los primeros sonidos el eco de su voz, porque en realidad en los primeros recuerdos está ella, su mano tendida y su tiempo sin límites para todo y para todos.

Nunca fue una tragedia que jugáramos horas y horas en el patio, hasta hacerse de noche y que hubiera que llamarnos varias veces a cenar, que volviéramos con las rodillas o los codos destrozados, el pantalón o los playeros rotos, o tan llenos de barro que hubiera que meternos casi de cabeza a la bañera. Tampoco lo era que el gasto mensual de folios y colores en casa superara con creces la media, o que un día nos diera por desarrollar algo parecido a un grafiti infantil con rotuladores en la pared del pasillo de la escalera de casa, y que poco a poco ese arte se desbordase y terminara tomando todo el pasillo a la altura de un metro, que era a donde más llegaban nuestras manos. La tragedia era para nosotros tener que pasar algún rato aprendiendo la tabla de multiplicar para adelante, para atrás y salteada, decía siempre ella, porque a veces de 5x5 no nos salían 25, y dudábamos si ‘estudiaría’ sería condicional o pretérito perfecto simple del verbo ‘estudiar’, porque ni ‘estudio’ en presente ni ‘estudiando’ en gerundio sonaban tan bien como cualquiera de los tiempos del ‘jugar’ o el ‘trastear’, que es lo más gusta hacer a los traviesos. 

Era maestra, y abuela, que es una conjunción suficiente para que uno pueda tenerse por afortunado, pero por si no fuera poco también fue madre para algunos de sus nietos. Lejos de ser una abuela o madre al uso, con mimos y ternuras para regalar, entregaba su afecto a base de hechos, enseñando –como tantas cosas– que en la vida nada hay más verdadero que la propia verdad, y que la verdad no son palabras en vano ni intenciones huecas, sino lo que uno hace. Por eso también siguió entregada a todos hasta hace unos días, haciendo de menos y escondiendo el dolor de la tristeza acumulado con las desgracias que le fue deparando la vida –que no fueron pocas–, intentando sobretintarlo con las alegrías que también tuvo, aunque de un año a esta parte una de esas desgracias, la última, hizo que todo empezara a ser distinto.

Esos cajones fragantes, visuales, sonoros y en parte imaginarios de nuestra memoria son los de un mundo ya perdido, no solo por las personas que se han ido, sino porque el propio lugar de esos recuerdos ya no existe. Hay fotos reveladas en las que el tiempo se termina poniendo amarillo, como en el verso de Miguel Hernández. Pero hay muchas otras impresas en la retina, que mantienen vivos aquellos días azules y ese sol de la infancia, como los discos de colores que se nos dibujan durante un rato en la opacidad de los ojos cerrados cuando miramos el sol de frente. Por eso esta noche, oscura como en definitiva lo son todas, traerá cuando pase el tiempo discos de colores cada vez que abramos uno de los cajones de la Yaya.

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